SINCERÁNDOME

 

Hoy te escribo desde el fondo de mi alma. No sólo para que lo sepas, sino, ante todo, para quitarme el gran peso que soporto muy dentro de mí desde hace tiempo.

Creo que es momento de decirte lo que nunca tuve el valor, aún cuando tenía constancia que la oportunidad no se perdería.

Me gustabas. O al menos eso es lo que veo cuando miro atrás. Aunque ahora mismo no lo llego a tener tan claro. En este momento, te odio bastante.

Volvamos a lo que venía todo esto. Me gustabas, sí, y me costó muchísimo admitirlo. Desde el primer momento en que te vi sobre el escenario y cruzamos nuestras miradas, pude ver que eras diferente a todos los tíos con los que me había cruzado en mi vida. Lo vi y eso fue lo que me hizo…lo que hizo que me gustaras, vaya. Creo que no puedo explicarlo de otra forma.

Te buscaba, a ti y tu mirada en cada escenario, cada canción y cada nota. Porque siempre, en cada canción, tus ojos buscaban y encontraban los míos entre el público. Y me sostenías la mirada por cinco, quizá diez segundos, hasta que volvías a recorrer toda la sala.

Me gustabas tú. Tú y tu vitalidad sobre el escenario, esa que siempre te ha caracterizado. Y ese sentido (o radar) que tenías para encontrarme en la oscuridad del público en cuanto llegaba. Tu o cualquiera de tus amigos y compañeros de grupo.

Por algún motivo, el cual no conozco, nunca podía pasar desapercibida, siempre me encontrabas. Quizá fuera por el carmín de mis labios moviéndose con cada canción, o quizá fuera que siempre me buscabas, que necesitabas mi sola presencia, aunque no significara nada para nadie más que para ti y para mí.

Era como nuestro código secreto. No nos decíamos nada, mirarnos era suficiente. Incluso si solo nos cruzábamos en la calle, nos mirábamos. No importaba la situación.

Me gustabas y creo que ese fue el fallo más grande que tuve; dejarte entrar a mi corazón. Te extendiste como un virus, rápida y vorazmente, destruyendo todo lo bueno que quedaba en mí. Hasta el punto en el que estallé y decidí que eso no podía seguir pasando. No quería seguir consumiéndome por culpa de un tío que había abierto algo raro, nuevo en mí.

Así lo decidí, y así fue. Te iba a olvidar a toda costa. Admito que ha sido difícil, y a día de hoy aún cometo en error de mirar tus oscuros ojos cuando nos cruzamos.

Comentarios

Entradas populares de este blog

HUYENDO DE LA REALIDAD

YA NO PUEDO HUIR

HURACÁN